2.4.12

Y un día entendí que no podía enfermarme y no me enfermé por mucho tiempo. Y otro día pensé que no tenía que preocupar con mis detalles y, entonces, ya no los conté. Y creí que no tenía derecho a necesitar y, entonces, dejé de esperar. Y un día interpreté que no debía llorar y me guardé los sollozos. Y sentí que no correspondía pedir y cerré la boca, y supe que no quería exigir y me resigné, y sospeché que no me podía derrumbar y me amurallé, y adiviné que no me debía ilusionar y me mentí, y fingí que no podía extrañar y me atrincheré, y con cada una de esas conclusiones me anudé.

No es lo que mi cabeza puede hacerle a mi cuerpo
lo que me sorprende sino lo que, de hecho, le hace.

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