30.3.12

Preferimos el enojo o las penitencias autoimpuestas. Somos capaces de elegir la culpa con tal de conservar esa ilusoria sensación de potestad, de poder hacer algo, de tener en nuestras manos la alternativa de la acción. Nos cuesta todas nuestras energías dejar de dar una batalla inútil, abrazar la noción de que no queda nada por hacer excepto seguir respirando, acompasadamente, llenar los pulmones de aire, vaciarlos y volver a empezar. Una y otra y otra vez. Continuar las idas y vueltas rutinarias de nuestros días. Comer, dormir, andar, hablar. Lo mínimo, apenas lo suficiente como para no alejarnos tanto de la persona que solemos ser. A veces no hay nada más que eso por hacer. Dejar que el dolor nos duela en el cuerpo y no negarlo, no taparlo, no enmascararlo.





Pero como me cuesta seguir.

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